Es blanco como las casas encaladas de su tierra, Mallorca. Como la brisa que refresca las tardes de agosto, como la risa que siempre consigue robar a sus pretendientas. Blanco como la bondad del niño que aún lleva dentro. Un niño al que le encantaría descalzarse un tarde de agosto y pasarse un día entero jugando con el cubo y la pala. Si no hubiera hombres así, habría que inventarlos.
Foto: Tony Martín
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